jueves, 5 de mayo de 2011

He estado muchas veces en Roma. Y al decir muchas, quiero decir muchas. De todas guardo un recuerdo especial. Pero sólo una hasta esta última había sido "especialmente especial" y fue la de aquel 2 de Abril .
Aquella emoción, creía yo, era insuperable.
Seis años y un mes después, volver para ser testigo directo de su beatificación ha superado con creces aquello.

Volver a Roma esta vez ha sido sencillamente único. No puedo pretender transmitirlo. Sé que me voy a enrollar y no voy a decir ni un 1% de lo que me gustaría. Pero me siento en deuda con algunas personas que deseaban estar allí y por razones varias no pudieron.
La primera definición es IRREPETIBLE. Y ahí, dentro, caben INOLVIDABLE, EDIFICANTE, ANIMANTE, y sí, también (que Jesulín me perdone), IMPRESIONANTE.

He recibido luces nuevas que espero me alumbren durante mucho tiempo, y (ojalá) me sirvan para alumbrar a otros. Si no, más me valdría no haber ido.

Optimismo. Fe. Fe viva. Puesta en obras. ¡He visto tantisima fe viva estos dias! Y oración. Oración continua. Y gratitud. Y entrega. Vidas comprometidas. Fraternidad. Una única familia que tengo la certeza es la esperanza para la humanidad; lo digo a conciencia: esperanza para la humanidad entera; porque que una porción de personas pretenda ser mejor, alze los ojos a Dios, pida perdón, rectifique, busque la verdad y el bien, vea en toda persona un hermano y luche comprometida a que triunfe la ley del amor, es bueno para la humanidad entera.

Eso he visto. Por decirlo en breve.

Y luego, los he visto a "ellos". El pueblo polaco. Abrazaría a cada polaco si pudiera. Hay algo que me hace amar esa tierra (que aún no he pisado); admiro y deseo parecerme a esos hombres y mujeres. Miles, cientos de miles, más de un millón de polacos felices y cansados a partes iguales, recorriendo en pacífica invasión cada rincón de la ciudad de Roma. Sus caras hablaban sin necesidad de palabras. Había personas mayores, familias enteras, niños, novios, padres y abuelos...Y religiosos y religiosas de todas las edades. Y sacerdotes mayores y jovencísimos. Un millón de sonrisas polacas. Su sonrisa -ahora sé que la sonrisa de Juan Pablo II, siendo única, tenía "denominación de origen"- directa, completa, abierta al mundo, abierta a todos. Como la del Papa polaco, que nos sonreía a todos desde los muchos carteles y videos que adornaban Roma. ¡Qué orgullosos se les veía! Lo comentaba una amiga allí mismo. Cuánto les debe Europa, el mundo y toda la Iglesia. Un pueblo repetidamente machacado a lo largo de la historia; con una identidad aparentemente "nublada", maltratada, y que al mantenerse fieles a su fe, han logrado esa identidad que los engrandece. Me parecía que ellos son lo que, para el mundo, es la Iglesia. Juntos y firmes en la fe, con la mirada puesta en Cristo, agarrando la mano de María, han resistido a todo.

Lejos de ir de "protagonistas" (y os aseguro que lo fueron) intercambiaban con todos unas miradas cargadas de un alegría contagiosa, unas ganas de compartir a "su" Lolek con la humanidad entera... y ese amor al padre común nos hacía mas que nunca, hermanos. Y nosotros, "todos los demás" -que éramos también unos cuantos y de prácticamente todo el mundo-mirábamos con envidia sana a sus compatriotas. Eran polacos, y ejercían; pero por encima de todo, eran crisitianos, católicos. No estaban "de fiesta", como quien celebra el Mundial enarbolando su bandera. No. Qué va. Sonreían, pero sobre todo, rezaban. No he visto rezar con tanta intensidad NUNCA.

Podría seguir. No, no puedo. Esta entrada sería "the longest ever" y no me leería ni yo.

Pero tampoco puedo silenciar lo de la noche del sábado. La Vigilia del dia anterior, ¡creedme! eso fue DEMASIADO. Fue volver al Monte del Gozo, a Loreto, a París, a Tor Vergatta, a Sidney, ¡al Bernabéu, a Cuatro Vientos! y a tantos y tantos otros lugares (en algunos de esos encuentros estuve físicamente). Ahí estábamos, con él. Y nos hablaba de nuevo. Eramos los mismos; los mismos, multiplicados por muchos. Mi generación con sus hijos de la mano. Varias generaciones. Creedme: aquello era juventud en estado puro, con independencia de las edades, que eran prácticamente todas. Sí: éramos jóvenes de todas las edades. Jóvenes de espíritu que no se rajan cuando se les habla de exigencia. Que aplaudían a rabiar al oír a un emocionado Joaquín Navarro Valls cómo Juan Pablo II luchaba y se confiaba a la Misercordia de Dios; cómo se confesaba todas las semanas porque era consciente de que sin Su Gracia nada era posible. O cómo era su amor por María. Y, especialmente, de su vida completa diciendo "sí" a todo lo que Dios le fue pidiendo "que no fue poco"... Y de cómo vivía en permanente oración.
Y ver y oírle a él de nuevo, haciendo "chistes" ante la multitud o dando el mensaje exigente de Cristo, que nunca edulcoró. Y de nuevo, bromear en su lengua materna; para escuchar otra vez, como única respuesta, el rugido de amor de los polacos y de todos los demás. Además, gracias a la tecnología, estuvimos conectados con distintos puntos de toda la tierra, alrededor de la Virgen. Guadalupe, Fátima, Africa, Líbano, Polonia...

Para mí, sin duda, aquella noche, fue casi mejor que la ceremonia de Beatificación del día siguiente.

O tal vez lo mejor fuera poder rezar, todo el tiempo que quise, a pocos metros de su cuerpo oculto en aquella caja de madera, que en su sencillez, proclamaba el más elocuente de los discursos. Y contemplar a la gente rezando con una devoción que traspasaba el alma. O ver en las pantallas imágenes de todo su pontificado, especialmente las últimas imagenes de su vida en la tierra, entregado, debilitado por la enfermedad y dando, sin apenas voz, su último mensaje al mundo desde aquel balcón, con la misma -o mayor- potencia y eficacia de sus primeras palabras como Papa, "No tengáis miedo".

O quizás las lágrimas. Las mías y las de todos. Llorar sin pudor, sin que te importe lo más mínimo que te vean.

No sé. En el fondo-fondo, todo ha sido tan emotivo, tan "estético", tan conmovedor, tan precioso...que casi caigo en la tentación de no darme cuenta de qué iba todo esto.

Así que voy a acabar confesándote qué fue realmente lo mejor para mí; lo que me guardo como el tesoro que debo conservar intacto, cuando las emociones vuelvan a su estado habitual.
Es sencillo, y no es nada nuevo. Pero se presentó ante mí como una novedad. Un mensaje directo y claro que respondía a la pregunta "¿qué hago yo aquí?".
Lo comprendí de forma rotunda al escuchar una de las cosas que dijo la Presentadora de la Vigilia en el Circo Massimo (dadle a la televisión en España una mujer con la mitad de carácter y naturalidad y revolucionamos los Medios...), y que no he encontrado aún en ningún sitio para reproducir. Tal vez no lo dijo. Tal vez me lo inventé yo. Pero desde luego, tengo la certeza de que Dios quiso que yo entendiera esto: "No estamos aquí para hacer un ejercicio de nostalgia, ni para recordar lo bueno, simpático, entrañable, amable y comunicador que era Juan Pablo II".

¡Amigo! ¡Ahí está "la almendra" de estos tres dias! ¡Eso es lo mejor! Este titán de Dios, este grandísimo santo, nos reunió de nuevo para inspirarnos a cada uno, para que nos levantemos, para que sigamos, para que seamos fieles; nos volvió a señalar al Maestro, para que cada uno viva su historia personal con Dios.

Este es el zumo al que me refería: en el fondo de mi alma escuché cómo nos dice a todos, a cada uno ¡Levantaos, ánimo! ¡NO TENGAIS MIEDO, ABRID LAS PUERTAS A CRISTO!

Desde luego, yo he entendido con toda claridad que me lo decía especialmente a mí y me encomiendo a él para que no deje de oírlo nunca y sepa corresponder.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Roma...tengo que contarlo



Sirva esta entrada como "trailer" de algo que espero llegue en breve.



Animada por algunas personas queridas (unas conocidas, otras no, pero todas queridas...GRACIAS), me comprometo conmigo misma a tratar de poner por escrito lo vivido en Roma entre el 29 de abril y el 2 de Mayo de 2011.



Que nadie espere una "crónica"... Creo que lo que me salga será más bien "zumo" del alma.


A exprimir.

Y como todo trailer tiene su imagen...aquí dejo la única que me traje. Una especie de "reliquia gráfica".